Diarios fugaces: "Amaneceres"
Entreabro los ojos y apenas ha comenzado a clarear el día. No quiero saber qué hora es. El aroma del café recién hecho en alguna cocina cercana invade mi habitación, dejo que me envuelva, cierro los ojos y respiro profundamente. Los últimos días de un sofocante calor estival parecen pedirnos disculpas con este amanecer inusualmente fresco, tratando así de compensar las sucesivas noches tropicales que nos han arrasado el descanso y la paciencia.
La brisa es fresca y me acaricia los pies, siento los dedos fríos y un pequeño estremecimiento de gratitud me eriza la piel. Las sábanas revueltas, la habitación serena, “Seda” de Alessandro Barricco descansa en medio de la cama abierto por la página en la que el sueño me venció anoche… Estiro el brazo y el otro lado de la cama conserva la tibieza de tu cuerpo. ¿Dónde estás?
Unas notas sueltas acuden a mi memoria, recuerdo el inicio de la canción e, involuntariamente, tarareo en silencio “the last that ever she saw him…”, de Mike Oldfield. Visualizo la portada de Crises y este "Moonlight sadow", la posición exacta que el disco ocupa en la estantería, el último viaje con estos temas de fondo. Dormito.
Entreabro los ojos y la luz del sol inunda la habitación. Desde el patio de vecinos llega una voz de mujer que tararea mientras parece tender ropa. Lo hace en un tono muy bajo, como un murmullo involuntario para sí misma. Tanto que no consigo reconocer el tema. Apenas serán las ocho de la mañana. Los pájaros y sus canturreos invaden el espacio y me resisto a despertar completamente y comenzar el día. Recreo los primeros acordes de “I’ll stand by you” de Pretenders y la voz arenosa y grave de Chrissie Hynde me adormece de nuevo. Sueño.
Nos encontramos en la orilla del mar, los pies sobre la arena cálida en contraste con el masaje evasiva de la minúscula ola que nos alcanza, las manos entrelazadas y los ojos cerrados, tan cerca el uno del otro que puedo escuchar tu respiración profunda sobre el rumor del agua. Huele a salitre, a algas frescas y… a ti, un sutil resto del perfume que te regalé para olvidar otras huellas olfativas. Las olas espumosas baten suavemente contra nuestros pies, como una caricia compasiva capaz de consolar. Y me acerco más aún a ti. Mi mano se ha perdido en la tuya y yo quiero perderme en ti desde un beso acompasado y húmedo bajo este sol que nos roza y no quema, aunque nosotros parezcamos arder. ¿Y si nos derretimos? No quiero despertar.
R. Elena Molano Gil.
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