Diarios fugaces: "La vida como un poema"
Una poesía ronda mi cabeza, involuntariamente, desde hace días. Así es como empieza: una frase, una rima, con suerte unos versos completos. En el bolso siempre un cuadernillo y un bolígrafo, la aplicación de notas en el móvil, la agenda del trabajo… Ninguna de esas ideas queda en el olvido y con el tiempo cambian, se desarrollan como hilos conductores de algo más complejo y detallado.
A veces me sorprendo contando sílabas, tamborileando con los dedos de la mano sobre la pierna o la mesa, numerándolas bajo las licencias métricas y los acentos finales. El conteo sube o baja y rompe la estructura, busco otra palabra que sume, un monosílabo que sobra, esa rima es repetitiva, esta me parece cargante, unas veces prefiero que haya rima, otras apuesto por el ritmo y concepto. No es fácil.
Y sin tocar el suelo, de puntillas,
con una extraña ligereza, sabes,
que recuerda a las nieblas invernales.
Así pasan los sueños por mi lado
porque el insomnio ha vuelto a despertarme.
Hasta ahora no es más que un inicio sin título ni acompañamiento, solo cinco versos que han tomado el sueño como sugerencia. Tal vez el subconsciente prefiera bucear por el invierno huyendo de este sofocante verano, entre los sueños y el desvelo. Ese momento antes de dormir en el que el pensamiento vuela tan rápido que si le sigues no habrá manera de descansar. Me inspira la noche.
Escribo porque no me imagino mi vida sin letras, porque es otra forma de expresarme y de soñar. Porque no todo lo que escribo ha sucedido, a veces sí, otras lo escribo con el firme propósito de que así sea. De cualquier objeto una historia, con cada viaje relatos y versos. La última vez que visité Granadilla con mi hermano se convirtió en una tarde de detalles entre anotaciones y fotografías. ¿Qué haces? - me dijo. Acabo de ver que en esta puerta hay una historia.
Desde el quicio de esta añosa puerta, la tuya,
he vuelto a ver el sol ponerse, discreto,
y en mi mano, cual tesoro, la llave
de la casina que antaño fuera un hogar, el nuestro.
Hasta el otoño pasado no descubrí a Pere Gimferrer y sus poemas desde el propio lenguaje. Siempre Luis García Montero y su poesía de la experiencia y el amor; “Un año y tres meses” son las letras más bellas y emotivas que puede encontrar el lector. Elena Medel y el cuerpo de la mujer como ese lugar del todo y la nada, Elvira Sastre intimista, directa, cruda y brutal. Y, por supuesto, la vulnerabilidad y el lenguaje visceral de Robe Iniesta. ¿Acaso hay algún momento de mi vida en el que la banda sonora no fueran sus poesías?
Se rompió la cadena que ataba el reloj a las horas,
se paró el aguacero ahora somos flotando dos gotas.
Agarrado un momento a la cola del viento me siento mejor,
me olvidé de poner en el suelo los pies y me siento mejor
¡Volar! ¡Volar!
Dulce introducción al caos (Robe Iniesta)
No siempre el amor sabe a poesía, y cuando la inspira es preciso buscar las palabras que lo descifren. Se escriben verdades y también anhelos, experiencias o fabulaciones. Se escribe porque, si no se cuenta, ni existe ni se siente y la vida, como un poema, unas veces rima y otras se rompe, tratando siempre de enseñarnos lo importante.
R. Elena Molano Gil.
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