La casa del arrayán (I)
1º Premio XXII Certamen Literario Hispano Luso "José Antonio de Saravia".
Por R. Elena Molano Gil.
Se afanaba sobre el fuego removiendo con el cucharón, haciendo bailar los ajos y el pimiento rojo en el aceite de oliva para impedir que se quemaran; solo dorados, porque así el ajo no amarga. El ritual de hacer las migas para el desayuno, cada día y siempre con la misma delicadeza, con manos ligeras. Manejaba la pesada sartén con tanta facilidad, a pesar de ser tan pequeña, que observarla se convertía en un verdadero espectáculo en el que todo parecía medido al detalle. Cuando la cocina y el largo pasillo hacia el patio trasero estaban impregnados de los sugerentes aromas, entonces añadía los primeros puñados de pan sobre el aceite y removía con más brío para, poco después, volcar el resto del pan y remover, y añadir su poco de agua, y remover, y otro poquito de agua, y remover, y su pizca de sal, y remover hasta que el pan se ablandaba y crecía y también se doraba y embriagaba de lo bien que olía y del hambre que despertaba. De pan migado a navaja, sobre un cuenco de corcha que encajaba a la perfección sobre su regazo y en el que cada noche, con los últimos restos del candil y las ascuas de la chimenea se entretenía, eso decía ella, o se obligaba a adelantar la faena para el día siguiente. Con el sol apenas despuntando acarreaba el resto de ingredientes y proporcionaba el primer sustento del día. Así, decía, aprendió de su madre y de su abuela.
Cerró los ojos y respiró hondo, tratando de traer a su memoria el aroma de las migas junto a los sonidos y el trajín de ella, siempre ella, trasteando de fondo en la cocina. La echaba tanto de menos. A ella, a la vida a su lado. Lo único que tenía con seguridad era hambre y miedo, tanto que dolía y atemorizaba. Interrumpió el rumbo de los pensamientos al escuchar un ligero movimiento a su espalda. Se llevó la mano al bolsillo del pantalón donde una navaja era todo con lo que contaba para protegerse si fuera preciso, aunque dudaba de tener el valor suficiente para usarla contra un semejante. No tuvo tiempo de reaccionar cuando un cuerpo pequeño y veloz pasó rozándole las piernas sorprendiéndole por la agilidad con la que le esquivó. Distinguió a la liebre alejándose, zigzagueando en la huida. Huir. Huir como ese animal asustado que evita al zorro o al buitre. Huir.
Buscó en las alforjas unos higos secos y un puñado de bellotas dulces. Desató el caballo y salió al camino dispuesto a dar alcance a las carretas que había visto pasar. Si la frontera estaba cerca no tendría más que llegar hasta ella y buscar la forma de cruzarla. Si quedaba camino por hacer al menos podrían informarle de dónde se encontraba y cómo hacerlo.
Logró alcanzarlos sin esfuerzo en un repecho del camino a menos de una milla de donde los vio pasar. Saludó a la mujer que manejaba la última carreta y se situó a la altura de los hombres con la reata de potros.
- Buenos días-. Los hombres se giraron hacia él y le devolvieron el saludo.
- Una mañana fría- insistió con la intención de entablar conversación.
- Peor ha sido la noche. Ni el mismo diablo se habrá atrevido a pasarla al sereno- respondió uno de ellos sin perder de vista a los potrillos.
Unos instantes después conversaban amigablemente y caminaba junto a ellos con el paso acomodado al de sus nuevos compañeros.
Venían desde uno de los últimos pueblos de la Vera, con siete días de camino a cuestas. Su intención era llegar a Portugal a una conocida feria de ganado en Castelo Branco en la que vender los animales. Conocían el camino y las penurias porque todos los años viajaban con lo mejor de su modesta producción ganadera. Las ventas estaban garantizadas y Hernán pensó que realmente debía rentar, a buena cuenta del largo viaje. Los cuatro hombres eran hermanos y uno de ellos estaba casado.
- La mujer y el muchacho son míos. Bien creo que este año mejor habrían hecho quedándose en casa. Nunca hemos pasado tanto frío como esta vez. La noche ha sido de perros-.
Vestían con zamarras de buena lana merina y zajones de cuero. Las alforjas y aparejos se veían cuidados y le brindaron conversación y buenos modales.
A medida que avanzaban fue considerando la necesidad de hilvanar su propia historia, la que le acompañaría durante su andadura y a la que debería ceñirse sin dar otras cuentas. Averiguó que pasando la rivera que corría junto al camino se encontrarían a una hora de la frontera con Portugal y que de allí a Castelo Branco echarían, con suerte, día y medio de viaje.
Según fue despertando el sol les brindó una tibieza que agradecieron, aunque no dejaron de sentir la brisa helada desde el norte ni prescindieron de sus prendas de abrigo. Alcanzaron el puente de piedra que cruzaba la rivera poco antes de las once, donde por primera vez se cruzaron con otros viajeros, y al otro lado Hernán distinguió una posada con su chimenea humeante y una diligencia parada a la puerta. Era una vivienda de dos plantas con buen lustre, contraventanas de madera y la fachada limpia. Dos establos anejos y rediles para cobijar ganado, un pozo a pocos metros del portalón de entrada y varios caballos atados a un poste paralelo a la fachada y tan largo como ésta. A un silbido del hombre que manejaba la primera carreta cargada con ovejas siguieron sus pasos para rebasar el puente, saliéndose del camino en dirección a la posada.
Cayó entonces en la cuenta de lo distraído que viajaba entretenido con la conversación y el relato de las anécdotas que los ganaderos acumulaban en los muchos días de viaje cuando la posada le recordó que él huía y que dejarse ver por lugares concurridos y frecuentados por la Guardia Civil o los carabineros podría dar al traste con sus planes. La pequeña Julia regresó a sus pensamientos de manera dolorosa. Desde que Inés murió nunca se había separado de la niña, tal como le prometiera a ella en sus últimas horas, pero el destino se empeñaba en retorcerse y hacerle errar. No le quedaban fuerzas para maldecir el día y el momento en el que decidió desprenderse de su viudedad para casarse con Paula, la de “El Largo”.
Saben los cielos que lo hizo por la niña y que también por ella ponía ahora tierra de por medio. Se casó convencido de aprender a quererla con el tiempo, dispuesto a dar lo mejor de sí mismo tal como hiciera con Inés. Aunque de ella sí que estaba enamorado. Recordó las palabras de su prima María justo antes de despedirse de su hija la noche anterior con un beso furtivo para no despertarla del cálido sueño que le regalaban las mantas en el camastro que su prima había instalado junto a la suya: “Vete tranquilo donde quiera que vayas y el tiempo que precises. De aquí no se la lleva nadie ni nadie habrá de venir a hacerle daño. Pero vuelve y de una pieza, que todas las aguas volverán a su cauce”. Se abrazaron con la complicidad de quien conoce los miedos del otro y el valor que se necesita para vencerlos.
Se separó unos metros de la caravana; concentrados en conducir las carretas y las bestias hasta los establos y los corrales donde darles de comer y beber no notaron que el chico volvía tras sus pasos hasta el puente y descendía el terraplén hacia la rivera para esconderse entre la arboleda. Debía esperar a la noche para continuar. El tránsito de viajeros durante el día era constante a medida que la frontera quedaba más cerca. Escondió el caballo después de darle agua, sin desensillarlo por si se veía en la necesidad de salir huyendo, y le dejó mordisquear la hierba a su antojo. Comió un pedazo de pan asentado y tocino salado, poco para lo que su estómago acostumbraba, pero ante la incertidumbre de los días que podría tardar en llegar a su destino consideró que racionar las viandas de las alforjas era mejor que no tener nada que llevarse a la boca. La bota de vino seguía intacta y de las dos de agua solo una empezada y a medias. Arrodillado en la orilla del cauce se lavó las manos y la cara. El agua corría clara, somera en ese punto, desvelando el fondo nítido de cantos redondos. No sintió pisadas ni otros ruidos delatores, solo percibió la sombra tras él cuando ésta se reflejó en el agua por encima de su cabeza. Intentó girar y recuperar la navaja que acababa de guardarse en el bolsillo después del frugal almuerzo, pero debió de tardar demasiado, porque al encarar a su asaltante ya contaba con un filo largo y frío bajo la garganta.
La presión del cuchillo no cedió ni por un segundo. Lo empuñaba uno de los ganaderos a los que acababa de dejar en la posada.
- Ahora será mejor que te expliques, zagal, o no tendré reparos en despacharte- le dijo tranquilo y sin que le temblara el pulso-. ¿Por qué nos seguías?.
- No os sigo, me encontré con vosotros esta mañana. Llevamos el mismo camino- logró decir medio ahogado por el miedo.
- Te vimos escondido en la dehesa vigilando el camino. Ese pelo rojo brilla bajo el sol como la piel de un zorro- y le inmovilizó las manos a la espalda sin dejar de amenazarle el gaznate-. No serás un salteador de caminos, ¿verdad? Esos animales son golosos, pero están bien acompañados- dijo apenas en un susurro.
- Tengo que cruzar la frontera y procuro no dejarme ver, los motivos no le importan a nadie- alegó tratando de explicarse rápido y evitar morir allí mismo-. No me interesa su ganado, solo llegar al otro lado. He cabalgado toda la noche y no sabía dónde me encontraba. Esperaba obtener un poco de información y pasar desapercibido entre vuestra caravana.
- ¿Por qué has desaparecido sin más al llegar a la posada?- continuó el hombre a quien el aliento le olía a aguardiente, acercando su cara a la de él en un gesto amenazante-.
- Puede que mi mujer o su familia haya denunciado mi ausencia, no sería de extrañar que la Guardia Civil me ande buscando. Lo que menos deseo en estos momentos es regresar a mi casa, estoy seguro de que acabaría en el calabozo si tengo que mirarla a la cara- comentó sincero y sin forcejear para defenderse.
El hombre le soltó las muñecas y apartó el cuchillo de la garganta pero permaneció de pie frente a él sin dejar de intimidarle con el arma en la mano.
- Habla- fue todo lo que dijo.
“Hernán, resignado, le contó desde el día de su boda con Inés, la alegría con la que habían comenzado su nueva vida en común con lo poco que cada familia logró aportar. El nacimiento de Julia año y medio después, el miedo que dan los hijos cuando vienen al mundo, tan frágiles, y la felicidad de ver la crecer. A los tres años de nacer la niña la vida ponía las cartas sobre la mesa para dejar claro que el destino es el que manda. La salud de Inés se advertía tan débil y los dolores eran tan fuertes que tocarla para asearla en la misma cama era un castigo. Un tumor que apareció en un pecho, y contra el que nada se pudo hacer, fue consumiendo su pequeño cuerpo hasta que nada quedó de la mujer infinita que llenaba la casa con su sola presencia. Enviudó con una niña de tres años a su cargo que no dejó de preguntar por su madre ni un solo día y se centró en sacar la casa adelante, las labores del campo, los animales de engorde y, además, llenar el vacío dejado por la madre. Cuidaba de ella siguiendo su instinto y con los valiosos consejos de una prima a la que quería como a la hermana que nunca tuvo.
El tiempo no se lleva las penas, pero nos enseña a vivir con ellas, así que ya contaba Julia con casi siete años cuando creyó que era el momento oportuno para rehacer su vida.
Paula. Maldita la hora. Hija única de un matrimonio trabajador y humilde. El padre entendía algo de sastrería y la madre le ayudaba con los patrones y puntadas. Años atrás ya estuvo empeñada en que fueran novios, con una fijación que resultó evidente para todos y no logró sino alejarle, porque Hernán ya estaba enamorado de Inés, e Inés bebía los vientos por Hernán.
Volvió a las andadas haciéndose la encontradiza en sus paseos con Julia, saliéndoles al paso al regresar de los olivares, en las callejas donde recogían pimpájaros con los que luego la niña adornaba la casa. Día a día, poco a poco, con la constancia de una gota de agua que no cesa se ofreció a ayudarle con la pequeña, a llevarla a la escuela si algún día debía salir más temprano a sus faenas, a entretenerla por las tardes si regresaba del campo ya con la puesta de sol y ese primer verano se sentó con ellos todas las noches a la puerta a tomar el fresco. Siempre comedida y discreta, sin dar que hablar y sin faltar a sus obligaciones. Cuando se dieron cuenta formaba parte de la costumbre del día a día y no le pareció mala idea invitarla al baile y dejar que el destino marcara el compás. Se casaron poco antes de la siguiente primavera. Maldita sea. No la amaba como amó a Inés y nunca se atrevió a decírselo. Se sentía un cobarde por traicionar al amor con la costumbre y la comodidad de tener de nuevo unas manos de mujer para los quehaceres y una ayuda con Julia. Y la acogió embaucando al amor frente a los sentimientos aparentemente sinceros de ella. La llevó a su cama, le regaló su protección, gestos de cariño, palabras afectuosas y jamás un te quiero.
Una tormenta se gestaba en silencio día a día en su hogar sin que él lo supiera. Qué pronto comenzaron los llantos de Julia a media noche, el miedo de la niña a quedarse con ella, las miradas tristes rogándole que no la dejara en la casa, las ojeras, las fiebres sin venir a cuento, la falta de apetito, los moratones sin explicación o con justificaciones banales. Y Paula perdiendo la cabeza mes a mes con cada nuevo sangrado, culpándole por no quedarse embarazada porque solo tenía ojos para su niña sin intención de darle a ella el regalo de ser madre. La no llegada de nuevos hijos pasó a ser el tema de conversación y de disputa, la desavenencia precisa para evitarla en la cama y enojarla aún más y reforzar sus argumentos de no querer yacer con ella para no darle hijos. Y la locura de creerse en boca de todos acusada de ser yerma, una mujer inservible, oculta entre las cuatro paredes, cerradas las puertas y ventanas a cal y canto. Y él tratando de mantener la calma, con un ojo en sus obligaciones y otro en la casa, buscando la forma de sosegarla, de aprender a amarla y que diera su fruto. Maldita sea.
Volvió antes de tiempo con un mal presentimiento y el miedo dándole alas. Abrió la puerta sin dar aviso y la escuchó sollozar pidiendo ayuda. ¡Julia! En el cuarto para el aseo la encontró metida en una tina de agua helada mientras Paula, poseída por la rabia y el despecho, golpeaba su pequeño cuerpo con la maza de un almirez envuelta en una toalla para que no quedaran marcas. La niña tiritaba de frio y se protegía con las manitas el poco pelo que le quedaba cortado a trasquilones. Las tijeras en el suelo. Otro golpe en la espalda. ¡Maldita sea!
Se fue a por ella como alma que lleva el diablo y entre sorprendida y enfurecida aún le plantó cara. Forcejearon, quiso arañarle los ojos y golpearle. La empujó contra la puerta por alejarla de la niña y entonces se oyó un golpe seco, la vio llevarse las manos a la cabeza y cayó al suelo desmadejada. Ni por un instante sintió remordimientos; comprobó que respiraba y que el daño era minúsculo, y desde ese momento asumió su culpa, pagaría el error, reconocería que la empujó por defender a su hija. Pero solo después de ponerla a salvo.
Cogió a Julia en brazos, muerta de frío y de miedo, temblorosa, la envolvió en una manta y, en el mismo caballo que había dejado atado a la puerta, corrió a casa de su prima.
Hasta bien entrada la noche no regresó de nuevo, después de dejar a Julia limpia, vestida, reparados los daños en la medida de lo posible y en brazos de su prima medio adormilada, tranquila por primera vez desde que Paula llegara a sus vidas. Encontró la puerta abierta pero ella no estaba en casa. La tina no tenía agua, ni rastro de las tijeras ni de los recortes de pelo, ni el almirez, ni la toalla; tan solo unas gotas de sangre junto a la puerta, allí donde quedó tumbada. Recorrió las estancias sin encontrar señales de vida y regresó el miedo al pensar que habría podido matarla solo con la rabia y la fuerza de sus manos. ¿Y si estaba malherida? La Guardia Civil no tardaría en venir a buscarle. Pensó en el cuartelillo, las acusaciones, su falta de defensa, prisión, las malas condiciones, el hambre, pocos vuelven de allí…. Su vida arruinada.
Lo mejor sería poner tierra de por medio, cruzar la frontera, vivir de forma discreta durante un tiempo hasta tener noticias y esperar para volver junto a Julia y proporcionarle la vida que se merecía, una en la que nada le faltase, sin miedos. Y partió poco después, noche helada de diciembre donde las haya”.
El hombre le observaba atento escuchando la declaración. Lo que tenía ante sus ojos era un joven sano y con poca picaresca para ser salteador de caminos y un manejo de la navaja lamentable. Vestía ropa usada aunque limpia y bien zurcida y portaba alimento en las alforjas para varios días. Entonces le tendió la mano.
- Vamos muchacho, la posada no está vigilada y te vendrá bien un trago. Con un poco de suerte y algo de dinero esta noche cruzarás la frontera- ahora el tono era mucho más amable.- Y ponte un pañuelo o un sombrero, ese pelo llama demasiado la atención.
Con media luna creciente el campo era casi una boca de lobo. De no ser por los hombres con los que marchaba habría sido imposible dar con el paso del río. Dos caminaban delante cargados con pesados fardos de lana, otro caminaba a su lado con un fardo de tabaco que parecía engullirle por la espalda, él con un pellejo de unos 30 litros de aguardiente que le obligaba a caminar algo encorvado. Detrás, a una distancia prudente, apenas un chiquillo de dieciséis años hijo del posadero, portando un farol apagado se cercioraba de que no eran seguidos con la premisa de dar aviso prendiendo la mecha a la menor sospecha de “guardinhas” o carabineros. Hernán sudaba a pesar de la helada que les caía encima, sin rastro de sueño se empleaba en seguir los pasos del resto con ojos y oídos atentos.
La posada resultó ser un punto importante de contrabando en La Raya, donde la frontera entre Extremadura y Portugal era difusa salpicada de encinas y alcornoques, retamas y zarzales que servían de guarida en los momentos difíciles, y su dueño el jefe de los porteadores y quien hacía de intermediario con los suministradores portugueses. Hernán acordó con el hombre su paso al otro lado de la frontera con el compromiso de hacerle de porteador con carga de ida y otra de vuelta y evitar así el pago de los quince reales que tenía estipulado por pasar prófugos. El posadero no preguntó los motivos de su huida ni por qué evitaba los pasos fronterizos. La una de la madrugada fue la hora elegida para salir, cada cual con sus funciones claras, con la condición de no detenerse mientras las cosas fueran como tenían que ir. Al otro lado del Eljas un farol encendido sería la señal esperada para flanquear el río.
Llanearon al principio entre encinas y alcornoques, subieron varias lomas de jaras y retamas espesas hasta que comenzó lo más complicado, una bajada escarpada por un terreno pedregoso en el que los hombres casi tenían que sentarse para evitar caer rodando. Habían visto la luz del candil a media bajada, la señal pactada para cruzar. El curso del río era más estrecho y somero en ese punto, con una isleta en medio crecida de retamas de un metro de altura, después giraba hacia la derecha en una corriente más fuerte hasta profundizar el cauce haciéndolo insalvable si no era con barcas o por los puentes conocidos. Primero cruzaron los hombres con los fardos de lana apoyados sobre sus cabezas, alejándolos de salpicaduras de agua, después Hernán, con el agua helada llegándole a las rodillas, sufriendo el peso del odre no solo en la espalda, también en los riñones. Sentía el corazón en la garganta y el peso de los acontecimientos de las últimas horas en su cabeza. Notó las piedras del lecho del rio crujir bajo sus pies y asentó los pasos para evitar perder el equilibrio contándolos entre jadeos de cansancio, uno, dos, tres, cuatro,…, once, doce…, con el último paso sintió la tierra firme de la otra orilla y respiró profundamente. El último en cruzar fue el porteador de tabaco.
Una botella de aguardiente después la vida era menos complicada y el camino que acababan de recorrer un recuerdo lejano. Aguardaron en silencio cerca de dos horas. A una señal de luz en la ladera de enfrente todos cargaron con sus nuevos fardos, ahora repletos de azúcar y café de las colonias portuguesas. Saludaron a sus proveedores con un “boa noite”, solo unas sombras de hombre tapadas con sombreros y sin hacer ruido emprendieron la subida por la pendiente, admirado Hernán de que lo hicieran con la pericia de un gato. La vuelta se hizo menos fría y más calmada, aunque el miedo a ser pillados aumentaba con cada contrabando. Caminó con su nueva carga concentrado en cumplir el acuerdo con el posadero, recuperar su caballo y, a la noche siguiente, cruzar de nuevo como prófugo y sentirse a salvo, por fin. En su cabeza se repetían un torrente de imágenes y le atormentaba la culpa de no haberse dado cuenta antes de lo que estaba pasando en su propia casa. Cerró los ojos unos segundos y regresó la imagen de Paula en el suelo… A pesar de todo, de la falta de amor y los sentimientos encontrados, deseaba que estuviese bien. Nunca quiso hacerle daño, solo proteger a la niña. Un sentimiento de cobardía volvió a golpearle en el pecho.
Habían pasado seis días eternos como seis vidas, seis noche en vela con una huella evidente de ojeras y agotamiento. Más delgada, descuidada en el aseo personal, esquiva incluso con sus padres, apenas sin comer. De la herida de la cabeza conservaba un corte minúsculo al golpearse con la puerta. Pero los malos pensamientos iban y venían sin descanso, alimentando el odio contra él y la niña. Maldiciendo los hijos que no llegaban a su vientre y la losa de creerse en boca de todos por ser yerma. De la tristeza a la locura, del arrepentimiento a la rabia que le hacía pensar en prender fuego a la casa y dejarle sin nada.
Las habladurías en el pueblo se alimentaban con su errático comportamiento y la súbita ausencia de Hernán. Aunque María había mantenido a Julia en casa para alejarla de las miradas curiosas y las malas lenguas por su pelo trasquilado y moratones por todo el cuerpo, la comidilla estaba en la calle e iría creciendo con rapidez, más las invenciones, más los añadidos, más las exageraciones y los supuestos. El pueblo no pararía de elucubrar y alimentarse con cada chisme. La verdad sobre lo ocurrido la sabían el médico, la familia y una vecina que vio llegar a Hernán a caballo con la niña envuelta en una manta. En un pueblo pequeño las vidas acaban siendo no solo de quien las vive, sino también de quien las observa y las miradas estaban puestas en Paula y en la pequeña a la espera de confirmar el boca a boca.
Y así como un rio se precipita imparable sobre su cauce así se precipitó el delirio sobre Paula, a la séptima noche desde la partida de Hernán, con una helada cubriendo los tejados como hacía años que no se recordaba, los animales recogidos en las cuadras, el agua de las regueras hecha carámbano en su superficie frente a la hoguera de demencia ya prendida en su cabeza. Comenzaron los golpes y alaridos antes de la media noche, un lamento que tardó horas en percibirse por los vecinos, ya de madrugada, cuando se atrevió con los cristales de las ventanas y en la casa no quedaba intacto un mueble ni una vasija. Alguien debió de dar aviso a sus padres que acudieron para llevársela consigo y poner fin al desvarío de los últimos días. La hallaron desgreñada, con las vestiduras rasgadas y las manos ensangrentadas por cortes y astillas. La casa parecía haber sido saqueada, como si un tornado la hubiera atravesado descomponiendo muebles y ropas, hasta los avíos de la cocina, los cántaros de agua, los baúles. Incluso los restos de dos sillas de eneas consumidas en el fuego de la chimenea de la cocina. Bien acertado iba el pueblo con las habladurías, de nada servía mirar para otro lado. Se la llevaron de madrugada, sin dar más espectáculo que el que ella ya había dado, creían que de forma discreta. Pero decenas de ojos escondidos tras los postigos fueron espectadores de cuanto allí sucedió y se dijo.
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