La casa del arrayán (II)
El primer paquete llegó mes y medio después de que su primo le prometiera que volvería. El cartero se lo entregó en mano, a su nombre, María, con el detalle de la calle y el número de la casa escrito con letra firme, envuelto a conciencia en un cartón duro y atado con guita. No se atrevió a abrirlo hasta la noche y en compañía de su marido, refugiados en el calor de la cocina, con la casa en silencio después de dormir a los niños y a su sobrina. Descubrieron una caja con dos kilos de café y otro de cacao, un paquete de azúcar, tabaco de pipa exquisitamente aromatizado, hilo de seda blanca para bordar y un sobre con cincuenta pesetas en billetes de veinticinco, una cantidad impensable para ellos. En el fondo de la caja una carta sin firma en la que reconocieron las palabras de Hernán:
“Querida familia:
Para que nada os falte, aunque nunca sea suficiente para agradeceros la protección y cuidados que os impuse con mi marcha. Sois mi única familia y tú, María, siempre fuiste la hermana que nunca tuve. Lamento cada día las malas decisiones tomadas y el tiempo vivido ajeno al infierno que tenía lugar en mi casa. La maldigo cada amanecer y me culpo por todo lo sucedido.
Estoy al tanto de que mi hija es feliz y que no le faltan amor y cuidados. No me alcanzan las palabras de agradecimiento.
También estoy informado de que ella ya no vive en mi casa, que se encuentra bien después del forcejeo y que las habladurías no paran, que incluso sus padres creen que se ha vuelto loca y que la versión de mi marcha a trabajar al ferrocarril de Badajoz a Lisboa no ha convencido a nadie.
Mi regreso es cuestión de tiempo, solo el suficiente para poder mirarla a los ojos sin la rabia de la última noche, porque no me veo capaz de afrontarlo con la calma suficiente. Después de todo sigue siendo mi esposa.
Seguirá llegando mi ayuda. El dinero os permitirá salir adelante y guardar para un futuro, lo demás siempre os vendrá bien, incluso si lo queréis vender.
Podemos estar en contacto a través de los recoveros que viajan regularmente al pueblo, es gente de confianza. Escríbeme una letras, María, cuéntame cómo crece Julia, dime que es feliz con vosotros, que nada la atemoriza como antes, que está protegida y ha encontrado la paz que se merece.
Para vosotros y el resto del pueblo sigo trabajando en el ferrocarril, cuanta menos información mejor. No guardes mis cartas, que desaparezcan en el fuego y si pasa tiempo sin saber de mí ni recibir mi ayuda no intentéis buscarme. Sabré cuidarme y cuidar de vosotros.
Dile a mi hija que la quiero, cada día. Siempre.
Siguieron llegando más cartas, todas con palabras de agradecimiento para María y su marido y de cariño infinito para Julia, también dinero de forma regular, cantidades más que suficientes para ayudar con la crianza de la niña. Ya se sabe que donde comen dos, comen tres y en la casa no pasaban penurias, afortunadamente vivían con lo justo pero sin carencias, y los continuos envíos de Hernán se convirtieron en una fuente de ahorros que, muy discretamente, acumularon en una tinaja bien disimulada en el altillo de la alacena. Siguió llegando café y cacao, más del que podían consumir, azúcar, tabaco, chocolates, hilos y buenas telas, cajitas de mercería con imperdibles o botones, hasta especias y alcanfor.
La llegada de los recoveros al pueblo haciendo sonar su corneta era uno de los eventos más esperados. Para los más pequeños siempre se escapaba de sus manos algún caramelo macizo que despachaban a chupetones con gran cuidado de no morderlo. Para los más pudientes chocolates, turrón, licores embotellados, telas por encargo, libros y revistas, incluso aguas perfumadas. El resto, los más humildes, esperaban impacientes el preciado azúcar, arrobas de sal para las matanzas, café, tabaco o arroz, las ropas y herramientas de costumbre y, con suerte, un par de zapatos nuevos con los que hacer frente al verano o al invierno venideros. Para María y su familia pasaron a ser la fuente de información más preciada acerca de Hernán y su salud, portadores de cartas siempre con buenas noticias, con pocos detalles sobre cómo se ganaba la vida, aunque sobraba preguntar. Con cada visita una nueva caja de parte de Hernán repleta de pequeños tesoros que María aprendió a cambiarles por otras cosas más necesarias en la casa como aparejos para el campo, calzado para Julia y sus hijos, salazones y alguna sartén o cazuela para reponer en la cocina. Siempre de forma tan discreta que nadie en el pueblo supo de su bonanza, sin alardear ante sus vecinos.
La casa de Hernán continuó cerrada, aún después de componer el estropicio provocado por Paula y reponer los cristales rotos. María lamentaba que su primo, el día que decidiera regresar, debería renovar todos y cada uno de los muebles para hacer de su casa un hogar y no dudaba de que el dinero guardado en la tinaja de su alacena habría de servir para ello. Los padres de Paula, tras llevársela consigo, visitaron a María temerosos de los chismorreos que corrían de boca en boca, avergonzados de la sarta de barbaridades que su hija les relató una vez más calmada. Comprobaron con sus propios ojos el lamentable aspecto de la pequeña y se ofrecieron para reparar el daño causado sin que María aceptara. A fin de cuentas su primo había abandonado a la que aún era su esposa y dudaba de que a su regreso, cuando el tiempo y su corazón se lo permitieran, quisiera tenerla de nuevo en su vida ni en la de su hija.
No fue un invierno ni una primavera fácil para el matrimonio, que sufrió el desapego del pueblo, disminuyeron los encargos de sastrería hasta escasamente un par de pantalones y algunos remiendos. La salud mental de Paula sufría altibajos con tanta frecuencia que ni ellos mismos lograban tenerla bajo control. Así, dieron con ella una noche rondando la casa de Hernán vestida con un camisón blanco y descalza. En otra ocasión salió de casa sin que ellos lo notaran y la encontraron pasados dos días perdida por los olivares de las Huertas de Arriba. A días le volvían las ganas de gritar y romper lo que se le ponía por delante. Desesperados y temerosos de que acabarían en la ruina por la falta de encargos o lamentando una tragedia con Paula decidieron marcharse a finales de verano con una tía de él, soltera y bien situada, que vivían en Madrid, confiando en que allí los médicos sabrían ayudar a su hija a encontrar el juicio perdido.
Desapareció así Paula de sus vidas aunque no de sus pensamientos. La huella era pesada, los miedos tardaron tiempo en curarse y en dejar de atormentar a Julia en sueños. No así las heridas, que sanaron al poco tiempo, y el pelo llegó a ser de nuevo una melena ondulada que María adornaba con cintas de colores. Perduró la eterna pregunta sobre su padre, su regreso, a veces las ganas de llorar su mala suerte de sentirse huérfana, pero no faltaron los besos de María y sus cariños para compensar tanto infortunio.
Las chicharras seguían aún con su cantinela estridente cuando de madrugada, escondidos detrás de unas retamas densas, vieron pasar a dos “guardinhas”. La noche no se presentaba fácil, alguien debía haberse ido de la lengua porque esa ronda no era la habitual. Llevaba al pequeño atado a la espalda. Eran poco más de diez kilos, nada comparado con otros portes, profundamente dormido; con la respiración tan rápida como la suya por la tensión y el miedo a ser descubiertos. La madre obedecía sus indicaciones con los ojos bien abiertos. La notaba temblar acurrucada a su lado protegidos por la noche y las retamas. Una y no más se prometió a sí mismo. Una cosa era pasar fardos o animales, pero andar jugando con vidas que no eran la suya, eso no.
Esperaron en silencio, debía estar seguro de que los hombre no volverían sobre sus pasos. Sintió que se alejaban, dejó de oír su conversación en portugués, también dejó de oler el tabaco que ambos fumaban hasta volver a concentrarse en su respiración y el canto de las chicharras. La noche era densa, de un calor sofocante, poca luna y el cielo nítido sembrado de estrellas. Quedaba el peor trecho del camino y advertía cómo ella se esforzaba por seguir su ritmo sin quejarse a pesar de llevar un brazo en cabestrillo y algunas marcas en la cara aún visibles tras la última paliza recibida.
A un gesto de él retomaron el paso en absoluto silencio, pendientes de cualquier movimiento, concentrados en llegar cuanto antes. La Raya se había convertido en esa tierra de nadie en la que tenían cabida todos, en la que las normas y los límites estaban por definir. Donde la lengua se mezclaba, las comidas sabían a ambas cocinas y las culturas extremeña y portuguesa formaban una sola. Una frontera que nadie sentía como tal, como una cicatriz que se desdibuja día a día porque quien más y quien menos celebraba familia o un ser querido al otro lado, o iban y venían a trabajar, a las ferias de ganado. Y de noche, en un juego peligroso, hacían del contrabando una economía de subsistencia con la que sacar a sus numerosos hijos adelante. Nadie se hizo rico cargando fardos y pasando café o gallinas, pero dejaba sus beneficios. También vidas perdidas, multas que traían consigo más ruina, hombres y mujeres en la cárcel e innumerables cargas echadas a perder ante los tiros al aire de “guardinhas” y carabineros.
La miraba de reojo pendiente de si le flaqueaban las fuerzas y no pudo evitar pensar en Paula y en la fatídica noche. De nuevo la culpa por el daño físico causado y la quemazón de la rabia, la necesidad de salir corriendo con Julia y ponerla a salvo tal y como hacía aquella madre con su hijo al huir con el hombre al que amaba, un joven portugués al que conoció el verano anterior, miembro de una cuadrilla de corcheros que trabajaban por la zona. Los rumores de que estaba con otro no tardaron en llegarle al marido, quien a base de palizas pretendía hacerla entrar en razón y averiguar de quién se trataba. La última paliza casi le cuesta la vida y ahora se la jugaba confiándosela a él en una noche de incierta fortuna para no volver con su maltratador.
Martinho les esperaba al otro margen de La Raya para llevárselos hacia el norte, cerca de Braganza. El joven, con sus cuatro dineros y la ayuda de un hermano, sustituyó la saca del corcho por un negocio de telas y buen paño con el que comerciar por León, Zamora y Salamanca. Quería al niño como si fuese suyo y a ella más que a nada. Lejos de palizas, con una nueva vida por delante.
Estaban al filo de la pendiente, la bajada debían hacerla en silencio y con pasos precisos para no caer rodando. Se detuvo un momento para estirar la espalda y acomodar el cuerpo del niño dentro del atado, le preguntó si estaba preparada y ella respondió con un gesto decidido. Prendió el candil, lo hizo oscilar tres veces como estaba pactado y lo apagó a la espera de respuesta. Unos segundos después vieron un candil prendido al otro margen del rio Eljas que parpadeaba como señal afirmativa. Emprendieron la bajada con la fuerza que da saberse triunfadores, a un paso del objetivo final. Podían sentir la frescura del rio y escuchar el agua que corría con más fuerza unos metros más abajo del paso habitual. Las chicharras habían cedido protagonismo al croar de las ranas, sus pasos crujían y a veces perdían el firme en la bajada pedregosa y, entonces, como un estruendo, les llegaron los disparos al aire y el alto de los “guardinhas” no muy lejos de donde ellos estaban, sin saber la dirección en la que avanzaban los hombres armados.
Hernán clavó los pies en la tierra, la cogió a ella por el brazo ileso y la obligó a tumbarse boca abajo sobre la misma bajada mientras él trababa de saber qué estaba pasando. Tres disparos más al aire y de nuevo voces dando el alto, silbidos de aviso, carreras, más gritos, y el latido de su corazón resonándole en las sienes. Miedo. Ella, con la respiración agitada, permanecía completamente inmóvil tumbada a su lado, aferrada a la mano de Hernán como su única tabla de salvación. Notó que el niño se movía sobre su espalda y rezó para que no rompiera a llorar. Le costaba respirar, con los sentidos puestos en todas partes, pendiente de los movimientos que se producían sobre sus cabezas en la espesura del monte que acababan de recorrer. Tardó unos minutos en reconocer la situación: los contrabandista a los que daban el alto huían rio arriba seguidos de la guardia portuguesa, alejándose por momentos el eco de los pasos y las voces.
Escuchó al chiquillo gruñir medio desvelado y cómo ella se soltaba de su mano para acariciarle la cabecita en silencio y hacerle dormir de nuevo. Contó para sí, uno, dos, tres, cuatro, …, y se concentró en los sonidos a su alrededor. Debían descender hasta el rio cuanto antes y pasar al otro lado. Ella estaría a salvo con su hijo y él buscaría la forma de pasar la noche sin ser descubierto y regresar al alba, cuando las primeras luces del día disuaden a perseguidores y perseguidos. Solo al ponerse de pie acusó el escozor en las palmas de las manos y en las rodillas, desolladas al clavarlas en la tierra para frenar su bajada y la de ella por la pendiente. No se atrevió a reconocer que le temblaban las piernas y le volaba el corazón; continuó la bajada pendiente de ella y mirando a la negrura del otro lado, sin estar seguro hasta que, con el agua por las rodillas y sujetando a la joven por la cintura, medio desfallecida, vio a Martinho correr hacia ellos y meterse también en el agua para cogerla en brazos y ayudarles a cruzar.
El trato no incluía más noches de contrabando, solo una con fardo de ida y vuelta y luego él mismo sería la carga que otros ayudarían a cruzar, pero Hernán, primerizo en aquellas lides, lo hizo bien y envalentonado, sin quejarse por el peso, sin nervios traicioneros y sin poner a los compañeros en peligro, así que el posadero le ofreció una noche más de trabajo bien pagada y con algún extra de lo que “siempre cae de los fardos”. A esa segunda noche le sucedió una más, y otra después. El camino que atravesaba La Raya pasó de ser una vía de escape a su fuente de subsistencia, encontrando algo parecido a una familia entre la del posadero y los compañeros de contrabando. Le adjudicó un cuarto pequeño con un camastro en la parte trasera de la posada, lejos de las miradas indiscretas y con el paso de los años, tres ni más ni menos, fue convirtiéndose en su hombre de confianza, un verdadero experto en esquivar a los “guardinhas”, con el temple preciso para esperar agazapado o salir corriendo protegiendo la carga hasta el último momento. Nadie vino a saber de él, ni paisanos ni justicia, solo unos recoveros a los que conocía de visitar su pueblo desde que él era un chaval y que tenían en la posada un punto de abastecimiento desde el que cargar mercancías para comerciar por pueblos de hasta ochenta kilómetros a la redonda a este lado de La Raya.
El joven de pelo rojizo que apareció un día de invierno callado y discreto vivía humildemente, guardando sus ganancias y enviando dinero a casa. En todos aquellos años dio a conocer lo justo: una hija a la que había dejado atrás muy a su pesar, una mujer que ya no vivía en el pueblo y a la que prefería no tener que mirar a la cara, una casa esperándole y sus cuatro tierras que le permitirían vivir con dignidad.
Tres años como castigo lejos de los suyos, esa fue su manera de pagar la culpa, de alejarse de la ira y las ganas de hacerle daño a Paula como ella se lo hizo a su hija. Tres años vividos principalmente de noche que le volvieron sigiloso hasta de día, que alimentaron sus ansias de regresar, de llevarse los fados aprendidos y las “eses” arrastradas en una mezcla de extremeño y portugués hablado con entonación cantarina. Añoraba a su hija y soñaba con sentarse en el patio de su casa en las noches de verano con la brisa acariciándole el rostro hasta quedarse dormido al fresco.
Metido en el rio con el agua hasta el cuello, oculto entre juncos, aguardó en silencio hasta que el monte volvió a quedarse mudo. Se estaba despidiendo de Martinho cuando regresó la guardia portuguesa acompañada de carabineros españoles, armados hasta los dientes, con faroles que clareaban el monte a su paso como si viniera el día. ¿Cuántos de sus compañeros habrían caído? Qué fatídica noche. Permaneció inmóvil durante horas, agradecido porque el agua calmaba el bochorno de la noche estival y la quemazón de sus heridas, entretenido con los recuerdos de cuando cargaba a Julia a la espalda para jugar al burro o auparla a la higuera para recoger las primeras brevas maduras allá por los inicios de julio.
Fuera ya del agua, cuando se dispuso a emprender la vuelta, reparó en el peso de uno de los bolsillos del pantalón. Martinho, en la premura de la despedida, le entregó una cajita como pago por el porte realizado.
- Obrigado, amigo_ susurró el portugués mientras le abrazaba como muestra de agradecimiento sincero. Después depositó en sus manos una caja de madera y desaparecieron entre alcornoques en busca del carro que les llevaría camino de Braganza.
Clareaba la mañana lo suficiente como para distinguir el contenido. Entre sus dedos, frio y pesado, un broche de oro tan grande como la palma de su mano con la figura de un arrayán. Lo reconoció por el detalle de las hojas ovaladas y la forma retorcida del tronco y el ramaje. Recordaba haber visto uno, por primera vez, en uno de sus viajes a Castelo Branco, aromático y hermoso en el jardín de la casa de un indiano. Le llamó la atención que el árbol impregnara de un olor agradable toda la calle ancha que conducía a la plaza. En aquella ocasión fueron a vender gallinas; empresa sin importancia de no ser porque a la vuelta el doble fondo de las jaulas ya vacías no admitía una pizca más de café y azúcar sin que “guardinhas” o carabineros reparasen en ello. Dentro de la caja de madera, mojadas como él, unas semillas envueltas en tela de lino que supuso serían del árbol del arrayán. El broche, labrado con un detalle magnífico, le pareció excesivo y cerrando los ojos les deseó a Martinho y su mujer, a la que no había preguntado su nombre, una vida feliz.
Retomó el camino de vuelta con paso ligero, fantaseando con una arrayán en su patio, rebosante de flores e inundada la casa con su aroma y consideró que tal vez era el momento de deshacer la huida.
Con cada paso trajo a Inés de nuevo a sus pensamientos y la soñó trasteando en la cocina, removiendo los ajos y el pimiento rojo, haciéndolos bailar en el aceite de oliva porque así es como se arrancan a hacer las migas…
FIN
R. Elena Molano Gil
(Propiedad Intelectual Registrada)

Comentarios
Publicar un comentario