Secuencias de un 27 de junio

Relato publicado en el libro de El 27 de 2026.   La memoria histórica nace desde y para la justicia y la reparación.  Es inherente a nuestra identidad cultural y la mejor herramienta para evitar que las atrocidades cometidas vuelvan a repetirse.

Los personajes y situaciones son ficticios. 



Vettones, siglo III a.C. 

Las treinta jornadas caminando hasta alejarse lo suficiente del pueblo que les rechazó ahora no eran más que un mal recuerdo.  Habían conseguido no sólo mantener con vida a los pocos animales con los que pudieron partir, sino ampliar el rebaño.  Y en un chozo de retamas y corcho sobrevivir durante cuatro estaciones, con sus nieves y hielos.   Ahora, sentados a la 

sombra de la encina que les dio cobijo desde su llegada, contemplaban orgullosos su hogar de piedra recién rematado, listo para acogerles, espacioso, con anchas paredes que les 

protegerían del frío y el calor.  Un altillo lo suficientemente grande como para recoger el grano y la paja para todo el año, espacio para los hijos que habrían de llegar, secadero de carnes y pescados y almacén para ajos y coles junto al aceite, quesos y el aguamiel.  Además de un corral cerrado de piedra en la parte trasera de la casa, techado a media altura, en el que guarecer los animales.  Los intercambios comerciales con la cercana Caura les habían reportado beneficios y sustento, sal para conservar carnes, pieles y telas con las que vestirse y útiles para su nuevo hogar.  La temporada más calurosa del año comenzaba para ellos con el convencimiento de seguir prosperando con esfuerzo.    

Agotados por el trabajo en el huerto dieron de comer y beber a los animales y se acercaron al río a refrescarse.  Esa noche, tan corta o más que las anteriores, encenderían una hoguera a la caída del sol y agradecerían la nueva estación de abundancia y fertilidad.  La casa recién construida sería su ofrenda a Laribus y Reva con el deseo de contar con protección familiar y fertilidad, así como abundancia en la agricultura y el agua.  Bailaron alrededor de la hoguera, espantaron los malos espíritus haciendo sonar los cencerros dentro y fuera de la casa y bebieron vino.  Se amaron bajo un cielo estrellado hasta caer desmadejados junto al fuego, felices y llenos de vida.  

Había labrado un broche en una piedra de bronce, a escondidas, con la intención de sorprenderla.  Era su manera de decir que la amaba, que juntos podrían echar raíces en aquel lugar.  Lo dio por terminado tres días después de la ofrenda.  No había sido fácil labrar los últimos adornos en el bronce ya pulido y esculpir el pasador del cierre en un hueso de buey.  Satisfecho con el resultado final bajó a última hora de la tarde hasta el rio para lavar la pieza y abrillantarla con la arena de la orilla.  Frotaba con fuerza el broche entre las manos cuando notó su presencia al otro lado.  Permaneció inmóvil y el silencio del rio al atardecer le permitió escuchar la respiración potente y profunda del animal, inmenso, con su pelaje negro, la cabeza rematada con unos cuernos afilados como armas de caza.  Bebía agua sin dejar de mirar al frente, conscientes cada uno de la presencia del otro.  Se sintió atrapado por la fuerza y agilidad que emanaba y permaneció observándole hasta que la luz del sol cayó totalmente y dejaron de verse.  De vuelta a casa envolvió el broche en unas hojas para entregárselo a ella mientras en su cabeza tomaba forma la imagen de un toro esculpida en piedra coronando el camino por el que accedían hasta su hogar. 

 

1668, el Ducado de Alba. 

Entró a servir en el palacio con apenas ocho años, cuando su madre murió y la cocinera del palacio, amigas desde pequeñas, la reclamó como aprendiz de cocina.  Con sus brazos escuálidos difícilmente podía cargar las cestas de verduras desde el patio hasta las cocinas.  Y ni hablar de ollas y cazuelas de barro o de los enormes calderos de hierro.   Subida en un taburete se las ingeniaba con las pilas de fregar.  Le costó meses encontrar la fuerza suficiente para acarrear agua del pozo o la leña necesaria para prender las cocinas sin tener que matarse a paseos.  No fueron fáciles sus comienzos, pero día a día defendió su puesto a pulso, siempre bajo la protección y la supervisión de la cocinera.  Habían pasado de tenerla correteando por el patio y las cuadras de caballos, a verla convertida en una joven preciosa que se movía con gracia y desenvoltura atendiendo distintas tareas a la vez.  Conocía los secretos de la cocina, las recetas, la magia de los sabores y el toque perfecto.  Manejaba las sartenes con soltura, los entresijos de los caldos y los postres más delicados.   Administraba las despensas, conocía las compras externas al palacio como carnes y pescados en salazón, harina o especias.  

Ahora, de cuclillas en la última caballeriza, empujaba con cada contracción mientras la cocinera y otra mujer la animaban a no rendirse.  Aquel 27 de junio el calor era asfixiante, con un bochorno pegajoso que anunciaba tormenta mientras en las calles se escuchaba el bullicio de los mozos y sus correrías con toros en la parte amurallada de la villa. 

Los dolores de parto habían comenzado a primera hora de la mañana cuando sacaba agua del pozo para lavar las verduras y no imaginó que podrían aumentar hasta lo que ahora parecía un cuchillo hurgando en sus entrañas.  Y aunque había visto parir a otras mujeres nunca imaginó que se pudiera soportar tanto dolor entre jadeos y lágrimas.  

Sintió la cabeza atravesándola entre las piernas y el dolor pasó de ser inmenso a volverse fino e hiriente.  Sabía que quedaba un empujón más hasta que salieran los hombros.  Miró a las dos mujeres que la sostenían, acompasó la respiración y dejó que le retiraran el pelo empapado en sudor de la cara.  Esperó a que la contracción creciera hasta creer que se partiría por completo y empujó con el último hilo de fuerza que encontró desde su estómago.  Notó que se vaciaba y se dejó caer sobre la cama de heno pendiente del llanto que no tardó en escucharse potente y demandante de vida.   Acababa de traer al mundo a un hijo bastardo para el que las cartas ya estaban echadas, un Álvarez de Toledo que nunca llevaría otros apellidos que no fueran los de su madre y al que jamás se le reconocería ser hijo y nieto de un Duque. 

Catalina, la cocinera, había previsto todo lo necesario para cuando su protegida diera a luz.  La casita junto a la iglesia de Santiago, en la calle de las carnicerías, estaba equipada como casa de comidas y vivienda más que suficiente para la muchacha y su hijo, con el alquiler pagado por dos años.  La mujer de uno de los carniceros la atendería en estos primeros días hasta que pudiera comenzar a cocinar para una clientela más que asegurada. 

Partieron de madrugada cuando las calles dormían y el resto de trabajadores del palacio también, con el pequeño en los brazos y sus pocas pertenencias en dos atados.  La ayudó a acomodarse en su nuevo hogar y le prometió seguir velando por ellos mientras viviera.  Antes de partir le entregó un broche labrado en bronce que ella había recibido de su abuela, ésta a su vez de la suya muchas generaciones atrás. 

-       No tengo hijas ni tendré nietas a las que regalar este broche.  Tú eres mi familia.  No creo que tenga un gran valor- le dijo mientras lo abrochaba enganchando el paño de lino en el que habían envuelto al recién nacido-.   

El broche tenía incrustados unos cristales verdes en la parte más larga, se notaba limpio y pulido y mostraba signos de desgaste en la parte redondeada, donde los dientes eran casi imperceptibles. 

La besó en la frente y, en silencio, deseó que la vida no le fuera demasiado ingrata. Su lucha no había hecho más que empezar con aquel pequeño glotón enganchado a su pecho. 

 

1937.  La nada.

Sacó lustre a las botas, caló unas sopas de tomate y puso en la sartén unas presas de tocino para la cena y, apurando los restos de la mecha del candil, sobre la misma mesa de la cocina, zurció una vez más el mismo par de calcetines.  Pronto no quedaría calcetín que zurcir.  

Eran afortunados.  Cuando se casaron él entró de capataz en la dehesa grande, tal como lo había sido su suegro durante casi cuarenta años.  Conocía de primera mano el trabajo y las dificultades, el manejo de los trabajadores y las exigencias del patrón.   Los hijos habían tardado en llegar pese a las ganas.  Ahora, la pequeña Catalina era la mayor de sus ilusiones.  Se llamaba así porque, en su familia, las primogénitas recibían ese nombre desde hacía generaciones.  Así se llamaba ella también y su madre.  Y así lo indicaba la C labrada en el sonajero de bronce que su abuela le regaló el mismo día que dio a luz, una pieza que había pasado de mujer a mujer en la familia y que debió ser un broche, desgastado ya por el paso del tiempo y al que se le había añadido una esfera con un cascabel en la parte redondeada, que a Catalina le gustaba agitar entretenida, ensimismada en el verde de los cristales. 

No pasaban estrecheces pese a los tiempos difíciles.   Cuando comenzó la guerra en julio de 1936 los dos eran afines a la izquierda y, desde entonces, sus vidas se habían vuelto discretas, como mimetizadas con el entorno, como las de muchos de sus vecinos.   En aquel verano ella estaba embarazada de casi siete meses, seguía enseñando corte y confección en la Casa del Pueblo un par de días a la semana y, otras dos tardes, las dedicaba a enseñar a leer y escribir a mujeres que no habían tenido oportunidad de ir a la escuela de pequeñas.  No era maestra, pero en su casa jamás faltaron los libros y las letras.  Se sentía realizada enseñando a otras mujeres lo que para ella había sido un aprendizaje elemental dentro de la familia.  El jornal no era gran cosa y muchas de ellas le agradecían la dedicación con lo que se cosechaba en casa o acarreaban del campo: un poco de miel, una docena de huevos, almendras y nueces, higos secos, habas o garbanzos.  Pero se acabaron las clases y las letras, las tardes entre aprendizajes y risas y las ventanas se cerraron para proteger la intimidad de cada casa.  Muchos ya estaban señalados. 

Se acercó hasta la cuna de madera y comprobó que la pequeña dormía plácidamente en la frescura de la última habitación de la casa.  Cuando llegó su marido compartieron la cena comentando en voz baja las últimas novedades, los alistamientos, los rumores de desaparecidos en pueblos cercanos… Y lloraron por la incertidumbre. 

Los golpes llegaron de madrugada.  Se despertaron con la impresión de que les echaban la puerta abajo.  Él se levantó asustado, abrió la puerta y, en ese mismo instante, sintió la culata del fusil contra el pecho y cayó al suelo mareado y sin poder respirar.  Entraron en casa preguntando por ella, que apenas tuvo tiempo de ponerse una saya y una camisa y cubrirse con un chal.  Catalina lloraba y ella les rogó un minuto para despedirse de su hija.  

Se la llevaron en un camión junto con otras mujeres y varios hombres, entre ellos el maestro.  Sin explicaciones ni motivos aquel 27 de junio de 1937 lo pasó en la Cárcel Real, en vilo, pendiente de cada movimiento, de cada comentario.  Al caer la tarde les vendaron los ojos, volvieron al camión y creyó que se le saldría el corazón por la boca en el trayecto infinito de apenas quince minutos.   Cuando recuperaron la calma, de rodillas sobre la tierra, supo que era de noche por el croar de las ranas y el ulular de una lechuza. A su izquierda sonaba el rio tranquilo.  Respiró profundamente, apretó el sonajero que había escondido en un bolsillo de la falda y su último pensamiento fue para su hija Catalina.  Un disparo y la nada. 

 

27 de junio de 2026.  Lo tangible. 

Se despertó una vez más con la enésima discusión de sus vecinos.  Otro nuevo día arrojándose sus miserias económicas e infidelidades antes de las seis de la mañana.   No estaba dispuesto a tragarse la trifulca así que se duchó, rellenó su termo de café con leche y se echó la mochila a la espalda.   La excavación se encontraba a poco más de diez minutos en bicicleta y el día invitaba a pedalear para descargar tensiones.  A medida que bajaba por la avenida fue cruzándose con quienes arrastraban los pies de vuelta a casa vestidos de blanco y con los pañuelos y fajines descolocados, con claras muestras de cansancio.  Un buen desayuno y sueño reparador les permitiría sumarse de nuevo a la lidia del toro de El 27 por la tarde.  Los Sanjuanes eran una carrera de fondo en la que las fuerzas habían de medirse desde el día 23 para poder llegar a los fuegos artificiales del 28. 

Casi sin darse cuenta se encontraba en la orilla del río, junto a los restos del molino en el que trabajaban por segunda vez desde hacía cinco días.   El día anterior habían descubierto un botón y lo que parecía un resto de una suela de bota y obligados por la puesta de sol no les quedó más remedio que parar y tragarse las ilusiones hasta el día siguiente. 

No era el primero, otros dos miembros del equipo ya tenían las mesas desplegadas con los mapas estratigráficos y anotaciones, las palas y pinceles preparados junto al detector de metales.  El resto del equipo llegó antes de lo habitual y poco después cada uno ocupaba su lugar con la convicción de que esta vez sí. 

Dos horas más tarde saltaron las alarmas cuando al barrer la tierra quedó al descubierto un mechero de yesca oxidado y después la hebilla de un cinturón.  A la hebilla le siguió una pelvis, un fémur y los restos de una mano.  Entonces apareció el sonajero y supieron que los habían encontrado.  Que, si el sonajero estaba allí, Catalina estaría junto a él.  Y se ahogó por el nudo en la garganta y las lágrimas le nublaron los ojos.  Pensó en los familiares, en su lucha y en la paz que ahora sí tendrían.  A las ocho de la tarde, cuando la Guardia Civil aseguró el acceso a la fosa, contabilizaban un mechero, el sonajero de Catalina, una docena de botones, varias monedas de céntimo, tres cráneos con agujeros de bala, dos fémures completos, numerosos pedazos de huesos…  Los teléfonos ardían y la emoción generalizada ponía de manifiesto la necesidad de respuestas y justicia.  Esa fosa era lo tangible. 

Regresó a casa, se vistió de blanco con su fajín bordado y “se fue al toro”.  Nada mejor que un 27 de junio para brindar por los reencuentros. 



Fin

 

                                                                                                 

                                                R. Elena Molano Gil





 

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