Diarios fugaces: "Saudade"
Me siento cómoda con el silencio y la calma, es un rasgo que me define. Así como el gusto por el café. Ahora intento concentrarme en el sabor intenso y agradable del que tengo en la mano, solo y con hielo.
A mi alrededor, unos niños gritan al otro lado de la terraza de verano: “¡No, tío, ahora me toca a mí!”. En la mesa contigua, cuatro veinteañeros vocean y golpean la mesa en una partida de cartas de la que parece depender su valía. Aturden. Desde la barra del bar, una mujer proyecta la voz de manera asombrosa y grita a otra sentada en las últimas mesas, si quiere el café con azúcar o sacarina. Es apabullante.
El volumen de vida que me rodea se apodera de todo el espacio mientras yo me voy empequeñeciendo dentro de esta vorágine sonora. Bloqueo mentalmente el ruidoso tema de reguetón que escupen los altavoces y, como último recurso, rescato los auriculares y reproduzco la pista que dejé a medias esta mañana, “Pasión”, de Rodrigo Leão: “ay, abrázame esta noche, y aunque no tengas ganas…”.
El aroma del café logra sobreponerse al resto del universo y, por un instante, consigo transportarme a otra parte del mundo.
El estuario del Tajo discurre sereno frente al Monasterio de Los Jerónimos, ajeno a las bóvedas de crucería y sus nervaduras imposibles, al claustro manuelino y su fuente relajante. Camino en silencio bajo los arcos de piedra caliza consciente de hacerlo sobre el eterno descanso de Fernando Pessoa:
“Amo como ama el amor.
No conozco otra razón para amar que amarte”.
Ya fuera, desde esta posición, el Puente 25 de abril parece balancearse y mecer el tránsito constante, la Torre de Belém vigila señorial el transcurrir de las aguas que aún se saben extremeñas.
A la derecha, apenas a 300 metros, se distingue una hilera de siete u ocho personas bajo el toldo azul de la Pastelería “Pastéis de Belém”. La visita es imprescindible. Te recibe el aroma de los hojaldres recién horneados, la crema tostada que albergan, canela, un sutil toque de vainilla, manteiga… En el interior, los tradicionales azulejos azules cuentan historias de forma callada desde 1837. En una de sus mesas de mármol y madera, bajo lámparas doradas y techos con molduras clásicas, el concepto portugués de “saudade” tiene más sentido que nunca. Nostalgia. Un profundo sentimiento de melancolía y anhelo por algo o alguien ausente, tiempos, lugares o cosas.
Nosotros no tenemos una palabra que lo traduzca. Aunque en este momento no se me ocurre mejor definición que esta añoranza por volver a donde los sentidos despiertan y la mente vuela imaginando historias y personajes. A ese rincón en una antigua pastelería en el que dos cafés con sus pastéis de nata nos alejen del mundanal ruido.
Saudade que no es solo tristeza, sino deseo.
“Un bien que se padece y un mal de que se gusta” (Manuel de Melo).
Enmudece el acordeón en mis auriculares, termina “Pasión” y también el último trago de mi café. Regreso de mi ensoñación y no pienso en otra realidad más que en alejarme de este bullicio. Lisboa siempre nos esperará. ¿Qué te parece, nos vamos?
R. Elena Molano Gil.
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