Diarios fugaces: "El legado de mis abuelos"
Se ha acercado por segunda vez hasta el banco en el que estoy sentada con un andar trastabillante, recién aprendido. Gorgorea, resopla y emite alguna palabra reconocible. No tendrá más de quince meses. Viste un peto de tela fina estampada con tortugas. Me mira y sonríe, después se centra en recoger pequeñas piedras del suelo para dejarlas sobre el banco. A escasos metros, pacientes, sus abuelos la supervisan disfrutando con cada uno de sus gestos, ayudándola a ponerse en pie cuando pierde el equilibrio o impidiendo que se lleve las manos a la boca manchadas de tierra. La abuela le ofrece agua y el abuelo le muestra cómo coger tierra con la pala y depositarla en un cubo amarillo. La pequeña se frota los ojos y bosteza. Sus cuidadores, al unísono, coinciden en que es hora de retirarse para su siesta de media mañana. Saludan; el abuelo la carga en brazos y se alejan mientras el parque se sume en un silencio de pájaros y vehículos lejanos.
Inevitablemente he visto a mis padres reflejados en ellos. Mi madre ha sido una abuela incansable, la mejor de las cuidadoras, con un amor infinito. Mi padre se enterneció con los nietos y fue perdiendo esa faceta más firme y autoritaria bailando las canciones de Los Lunnis de la mano de mi hija mientras ella le imitaba en una danza de estilo tribal entre inmensas carcajadas para un cuerpo tan pequeño.
¿Los míos? No conocí a ninguna de mis abuelas. La materna, Rosa, falleció con apenas treinta y cinco años en un parto nefasto que también se llevó al recién nacido, dejando a mi abuelo con dos hijos (mi madre solo tenía entonces cuatro años) y un afán de lucha y mirar hacia delante. Fue una mujer tierna y delicada con los suyos. Cocinaba, cosía y bordaba con destreza. Mi madre es igual que ella.
Él nunca nos habló de cuando estuvo en la Guerra del Rif, “mejor no recordar, la guerra no trae nada bueno”, decía. Tampoco de la Guerra Civil. Nos enseñó a trastear con las abejas, el arte de hacer colmenas de corcho y el placer de estrujar los panales con las manos mientras la miel nos goteaba entre los dedos. Porque entonces todo se hacía mano, incluso la careta de apicultor con la que se protegía. Con él aprendimos a pescar, a buscar espárragos y criadillas de tierra. Aprendimos también que un Seat 127 podía llevarnos por el camino más difícil al paraje más inesperado y que, por mucho que nos hiciera rabiar jugueteando, se desvivía por nosotros y por transmitirnos su saber.
- Abuelo, ¿dónde está mi madre?
- A contar los frailes de El Palancar, que dicen que falta uno.
La abuela paterna, Elena, murió unos años antes de que yo naciera de un cáncer que hoy, probablemente, habría tenido cura. Quienes la conocieron la describen desenvuelta y decidida, trabajadora y dispuesta a ayudar a quien lo necesitara. Una mujer de carácter que solía decir que “gente parada, mal pensamiento”. Tuve la suerte de disfrutar de él, el que de pequeña me parecía el abuelo más grande del mundo, porque sentarse en su regazo era encontrar acomodo entre los brazos de un gigante. Siempre vestido con camisa, sombrero clásico y montado a caballo, alto y corpulento. Defendió sus principios y luchó por ellos con una mentalidad adelantada a su tiempo. Contaba las cornadas de la vida, como a la vuelta de la Guerra Civil cuando lo que encontró fue la nada, todo quemado. Y también las que dan los toros. De joven esperaba junto a otros hombres en el callejón del toril y describía cómo los cuernos pasaban rozándole la barriga mientras apretaba la espalda contra la pared y evitaba respirar hasta que pasaba el toro como un tren. La cornada del muslo se la ganó en unos festejos tradicionales en Hinojal.
Conocía la dureza de la trashumancia hacia campos de Castilla, los secretos de la matanza tradicional, la vendimia y el vino de pitarra, el trabajo duro en el campo de sol a sol. Cocinaba para los nietos tortillas de media cuarta y cocido y nos invitaba a todos a comer. Cuántas veces le vi hacer queso con sus manos gigantes y un mimo sin igual. “Pon tus manos sobre las mías y aprieta fuerte” … el suero brotaba entre los dedos y, poco a poco, el queso tomaba forma, blanco, tierno, perfecto, para después comerlo en su punto exacto de sal. Cantaba flamenco por Farina y el Lebrijano. Así le recuerdo el día de mi Comunión, cantando con sentimiento mientras llevaba el ritmo con los nudillos sobre la mesa. Ese recuerdo es mío, para mí.
Hombres muy diferentes, ejemplares por igual y de un legado admirable cada uno de ellos. ¿Qué no daría por volver a verlos?
Rosa Elena Molano Gil.
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