Diarios fugaces: "Tierra quemada"
Tres días después… al abrir la puerta de casa me recibe el olor a humo que parece haberse incrustado incluso dentro de las viviendas. En las calles aún se mantiene el de la leña quemada que impregna todo el entorno. A ceniza y polvo que se nota al respirar si sales por las callejas y te adentras en la tierra que ha ardido.
Lo he intentado, he demorado incluso la publicación, he buscado temas veraniegos, o relacionados con mi pasión por la literatura, he pensado en el amor, en los sentidos, en la música… Todos y cada uno de estos temas me han conducido, no sé si consciente o inconscientemente, a la tierra calcinada y la sensación de pérdida compartida después de un incendio que arrasa el entorno y lo degrada. El incendio de Casas de Millán y Grimaldo.
Desde lejos, a medida que el coche se acerca a la sierra del Puerto de los Castaños se percibe el desastre en lo que antes era verde. Son escasas las copas que han sobrevivido al hambre de las llamas y, en la primera curva ya dentro de la zona afectada, te golpea la visión del vacío convertido en una capa densa de ceniza. El castaño no está y las lindes de piedra negrean. También las porquerizas y cuadras, aunque ya en desuso, han envejecido cien años de golpe. La Huerta de Santa Marina es solo un cerco de piedras y su higuera nada más que un recuerdo asociado a las chiquillerías que relataba mi padre junto a sus hermanos.
De entre los olivares que siguen hacia el pueblo parece haberse salvado parte de uno, como si el fuego, jugueteando, hubiera saltado aquí y allá dejándolo de lado. Las parcelas reforestadas, más olivos, ni rastro de las jaras que blanqueaban la carretera en el mes de abril. En el entorno de Valcavero contrasta el verdeo del agua, muy escasa, con la negrura que avanza hacia el pueblo. Celebro que se haya salvado el pino piñonero, inmenso, al que tantas tardes de verano nos llevó mi madre a recoger sus piñones, mientras que un poco más adelante hay un pinar que ha tenido peor suerte. Y justo ahí, desde ese pino centenario, se aprecia el valle que se desliza hacia Valhondo y el cementerio. Y cómo el fuego ha pasado amenazante rozando los patios traseros. Dicen que, por ahí, siguiendo un cauce invisible, ha llegado cerca de la vieja estación. Las antiguas escuelas parecen ilesas. Desde este punto, la sierra continúa oscura y devastada rodeando el pueblo, yerma. Ni sombra de lo que era la última vez que cenamos bajo su cobijo en una noche calurosa del pasado julio. ¡Quién lo diría!
La subida hacia el cementerio era espesa, con puntos en los que difícilmente la luz del sol tocaba el suelo. Hoy se presenta mellada y triste, pareciera a punto de humear de nuevo en su grisácea apariencia. ¿Cuándo volverá a verdear el olivar que se extiende junto a la tapia? Frente a la entrada del cementerio, ahí se ha detenido depositando polvo sobre las lápidas, avanzando a uno y otro lado dejando tras de sí la sierra quemada.
Sí, la gente lo describe como dantesco y veloz. Sobrecoge la oscuridad en la que se ha sumido el entorno y se siente un nudo en la garganta. Hay quien ha perdido lo poco que le quedaba de sus abuelos: olivares, los huertos o las higueras. También animales. Y aún desde la pena agradecen el esfuerzo de bomberos forestales sobre el terreno, Guardia Civil, la precisión de los que trabajaban desde el aire, Protección Civil, las ganas y la lucha contra el fuego a riesgo de jugarse la vida.
Nos vamos con una sensación extraña. Una tristeza contagiosa, la rabia de lo que nos supera. Pero también la sensación de que sigue siendo pueblo y casa, recuerdos y familia. Y que, con las primeras lluvias, seguro, volverá a brotar hierba y vida.
R. Elena Molano Gil
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